El país del eterno naufragio (España)

Dos marineros de la flota que Galicia mantiene pacíficamente desplegada en todos los océanos del mundo perecieron ayer en aguas de Namibia junto a un compañero de trabajo de esa nacionalidad.

A fuerza de repetidas, estas noticias casi han dejado de serlo en un país tan dado a toda suerte de naufragios como el nuestro; pero aun así, resulta imposible acostumbrarse a ellas.

La tragedia del "M.S. Díaz" -barco de bandera namibia y patronazgo galaico- se produce apenas unos años después de la que les costó la vida a los diez tripulantes del "O Bahía" en las más próximas aguas de las Islas Sisargas. Ya sea en la Costa da Morte o en la de Namibia, el destino de los marineros gallegos parece estar sellado por la fatalidad. O, tal vez, por la más simple y elemental ley de la estadística.

Pocos otros países, si alguno, del reducido tamaño de Galicia disponen de una flota tan importante en número, tonelaje e incluso sofisticación tecnológica como la de esta relativamente pobre y esquinada comunidad autónoma de la Península. Y tanta población dispersa por los mares ha de elevar, por mera fuerza numérica, las probabilidades de que las víctimas de un naufragio pertenezcan a la numerosísima marinería de este país.

Emparedados entre la Meseta y el Océano, los gallegos han hecho del mar su tradicional vía de salida hacia el mundo. Los puertos de Vigo, A Coruña y Vilagarcía fueron en su momento el kilómetro cero de los cientos de miles de emigrantes de este reino que emprendieron, con desigual éxito pero idéntico coraje, la aventura de las Américas. Y todos los muelles de Galicia -junto a los de otras muchas naciones- siguen siendo la base desde la que zarpan los marineros galaicos a la aventura diaria de la pesca en los siete océanos.

En una Europa centrífuga que tiende a empequeñecerse mediante la multiplicación de rayas divisorias en el mapa, Galicia es una curiosa excepción. Mientras otros cercan y delimitan minuciosamente sus fronteras, este excéntrico país prefiere expandirse fuera de sus límites por la ancha vía de la mar.

Tanto es así, que algunas de las ciudades más pobladas por gallegos no se encuentran en Galicia -como parecería natural-, sino al otro lado del Atlántico, donde Buenos Aires arrojaba hasta no hace mucho el mayor censo de hijos de Breogán de todo el planeta.

La mar, en sí misma, ha acabado por ser la segunda -o acaso primera- patria natural de muchos gallegos. Desde las aguas sudafricanas de Ciudad del Cabo (rebautizada como "Capetón" en nuestro peculiar "galinglish") hasta las canadienses de Terranova, pasando por el Grand Sol o el Golfo Pérsico, la marinería de este país ha hecho del mar una prolongación de Galicia. Aproximadamente del mismo modo que los emigrantes la habían expandido -a más limitada escala- en las naciones de tierra firme de Ultramar.

Estigmatizados por los ecologistas que los reputan de saqueadores de los océanos y perseguidos en los últimos años por las armadas de Canadá, Marruecos, Argentina, Noruega o Irlanda -entre otras muchas-, los marineros gallegos son un raro prodigio de supervivencia.

A despecho de esas amenazas, y de los riesgos propios de la mar, todavía son hoy más de 7.000 los pescadores de Galicia que aran las aguas internacionales -ya sea en el Atlántico, el Índico o el Pacífico-, aun sin contar a las tripulaciones de los más de 150 pesqueros con base en puertos gallegos que faenan en el Grand Sol y otros caladeros de la Unión Europea.

Infelizmente, ese inmenso pueblo de las aguas que dilata los confines de Galicia por todos los océanos del mundo sigue siendo invisible para los propios vecinos de este país.

Sólo tenemos noticia de su existencia cuando, con trágica periodicidad, se va a pique algún pesquero o -como acaba de ocurrir- los accidentes de la mar se cobran su habitual cuota de víctimas gallegas. Nada nuevo en el país del eterno naufragio.

Por Anxel Vence

10/11/06
LA VOZ DE GALICIA

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